lunes, 22 de agosto de 2016

El mito del mes: Agosto


El mes de Agosto pertenece al grupo de meses que, según la tradición, en el calendario establecido por Rómulo, fundador y primer rey de Roma, recibieron un nombre relacionado con un número. Así, Agosto se llamaba Sextilis, es decir, “el sexto”. El año entonces comenzaba en Marzo y hasta Junio tenía un nombre relacionado con una divinidad. A partir de Julio y hasta Diciembre tenía (y conserva en parte) un nombre asociado a su orden en el calendario. Para compensar ciertos desbarajustes temporales, se añadieron meses, llegando a ser doce como en nuestros días.

Sin embargo, tanto Julio como Agosto cambiaron sus nombres por otros más ilustres, en honor a dos figuras decisivas e importantes en la historia de la República Romana. Irónicamente, estas figuras estaban emparentadas entre ellas, ya que Julio César (mes de Julio) fue el padre adoptivo de Octavio Augusto (mes de Agosto).

Agosto recibe su nombre de Octavio, hijo adoptivo de Julio César. Y no tanto porque este llegó a ser emperador, sino por su entrada triunfal en Alejandría en 30 a.C. (más exactamente, el 29 de agosto de 724 [año romano]) tras su victoria sobre Cleopatra y Marco Antonio en Accio en 31 a.C. (el 2 de septiembre de 725). Así, por estatuto público, le fue añadido el sobrenombre de Augusto y de ahí este mes toma su denominación.

En el calendario romano se celebraba la festividad dedicada a Vulcano (Vulcanales o Vulcanalia). Ésta tenía lugar a finales de agosto, el 23, y la finalidad era propiciar al dios del fuego para que no hubiera incendios y así proteger las cosechas. En esta festividad se celebraban unos juegos en el circo Flaminio, donde el dios tenía un templo. En éstos se realizaba un sacrificio de peces que la gente que asistía a ellos los echaba al fuego. Parece ser que el día de esta festividad se comenzaba a trabajar a la luz de las lámparas, como buen presagio, por aquello de que Vulcano era el dios del fuego. Así lo recoge Plinio el Joven cuando está describiendo los hábitos de su tío:

A partir de las fiestas de Vulcano empezaba a trabajar a la luz de las lámparas a media noche, no para conseguir un comienzo del día favorable, sino para tener más tiempo de estudio (Espístolas 3.5, traducción Julián González Fernández)
 
Pero es, sin duda, en el calendario griego donde está la festividad más conocida y más celebrada a lo largo de la historia: los Juegos Olímpicos. Hay quien los remonta a los juegos funerarios celebrados en honor de Patroclo (Homero, Ilíada 23), otros que fue el mismo Zeus tras la victoria sobre los titanes como símbolo de la victoria de la cultura sobre la fuerza bruta, pero parece más consensuado que fueron fundados por Heracles en honor a su padre Zeus. Estos se celebraban cada 4 años (algo que se sigue manteniendo en la actualidad).
 
Uno de los trabajos que Heracles realizó fue limpiar los establos de Augias, quien le prometió una décima parte de su ganado si lo hacía en un solo día. Heracles logró limpiarlos en el tiempo convenido al desviar el curso del río Alfeo. Sin embargo, Augias no cumplió su parte del trato alegando que quien tenía que pagarle era Euristeo, quien le había ordenado el trabajo. Heracles reclamó a Euristeo, pero éste tampoco le pagó excusando que era su trabajo (Heracles estaba sirviendo como castigo a las órdenes de Euristeo). Así pues, Heracles deja por el momento su venganza contra Augias.
 
Es tiempo después cuando Heracles toma la ciudad de Elis y vence a Augias y a sus hijos. En su camino de regreso, delimita un recinto sagrado, el “Altis”, e instaura unos Juegos Olímpicos en honor a Zeus Patrio. La Olímpica 10 de Píndaro narra todos los detalles previos a la fundación de los Juegos (la lucha contra Augias y sus hijos, la delimitación del recinto sagrado, la dedicación de los altares…). Sin embargo, es Diodoro Sículo quien nos ofrece cuál sería el primer premio de esos Juegos:

Y decidió que el premio de esta competición sería sólo una corona, porque él mismo había actuado como benefactor del género humano sin recibir ningún salario (Diodoro Sículo, Biblioteca histórica 4.14, traducción de Juan José Torres Esbarranch).
 
 
Dámaris Romero
Profesora de Filología Clásica de la UCO
 

lunes, 15 de agosto de 2016

1300 años de la capital de Al-Andalus


El año 711 es recordado en nuestro país por ser el de la ocupación musulmana. Todavía no se había cumplido un siglo de la muerte de Mahoma y el Islam había atravesado el norte de África y dado ya el salto al continente europeo. Dos décadas más tarde, tras hacerse con el control de la mayoría de la Península Ibérica, sería frenado en Poitiers por las tropas de los francos, lideradas por Carlos Martel.
 
Otras fechas renombradas son los años 755 y 756, cuyos acontecimientos a menudo se confunden: En el 755, el príncipe Abderramán, único Omeya superviviente al golpe de estado que su familia había sufrido en Oriente Medio, alcanzó la costa de Almuñécar. Tras meses de negociaciones y luchas, su autoridad, para muchos legítima, sería reconocida en Córdoba. Era ya mayo del 756.*

Abderramán I fue, por cierto, quien llevó a cabo la primera Mezquita Mayor de Kurtuba, germen de la posterior esplendorosa Mezquita-Catedral. 

La tercera fecha renombrada es el 929, cuando su descendiente Abderramán III, octavo emir Omeya de Al-Andalus, se proclama Califa. Con ese título se equiparaba simbólicamente al poder que había surgido en el norte de África: el Califato Fatimí.

Este paso supuso la independencia total de Al-Andalus y tuvo también su reflejo material. En este caso se trató de la fundación de una nueva ciudad por parte del flamante califa: nada menos que la Ciudad Resplandeciente, Medina Azahara,  imagen de la nueva dimensión del poder Omeya.

Y Córdoba fue, durante varias décadas, una de las ciudades más importantes del mundo.

Pero, además de la llegada del Islam a la Península, de la instauración de la dinastía Omeya en nuestra ciudad o del decisivo paso de la creación del Califato, hay otra fecha clave que a menudo se olvida: el momento en el que Córdoba se convirtió en la capital de Al-Andalus: el 716, cinco años después de la conquista.

Este 2016 se cumplen 1300 años de ese acontecimiento y lo celebramos con una edición especial de nuestra ruta La Córdoba de Las 1001 Noches, que, a través de un paseo por el entorno de la antigua Mezquita Mayor, rescata las mágicas historias (tanto reales como legendarias) de aquella esplendorosa Kurtuba.

Tendrá lugar el jueves 25 de agosto a las 21:00 hrs. Tienes toda la información sobre la misma en nuestra web haciendo click en este enlace.


*La mayoría de los datos tienen como fuente "La Consolidación del Estado Omeya en Al-Andalus", de la arabista Catedrática de la Universidad Complutense María Jesús Viguera Molins (quien, precisamente, nos acompañó el pasado enero en la presentación de esta ruta en la Biblioteca Viva de Al-Andalus -imagen inferior-).


lunes, 8 de agosto de 2016

Corduba: el orgullo del Betis



Era capital de la Bética (provincia sur de la Hispania romana, que tomaba su nombre del río Betis -Guadalquivir-). Poseía un sistema de cloacas tan sofisticado para su época que actualmente continúa en uso en algunas calles de la ciudad. Imitadora de Roma, se la dotó de un foro "nuevo" con mármol traído de las canteras imperiales de Carrara. En sentido inverso, suministraba a la capital el mejor aceite del Mediterráneo. Contaba, además, con algunos de los edificios de espectáculos más grandes que existieron en la Antigüedad. 

Etc., etc...

Tal era el esplendor de Corduba.

Fundada en el siglo II a.c. por el general Claudio Marcelo, su espectacular legado ha quedado enterrado por el paso de los siglos, y en gran medida eclipsado por el esplendor del Califato Omeya. Algunos ejemplos, como los restos del templo romano, pueden verse libremente. Otros (como el de la imagen) se integran adecuada y discretamente dentro de edificios particulares.

Sin embargo, la mayoría se encuentra bajo nuestros pies.

Por eso lo recuperamos para ti adentrándonos en el subsuelo de la ciudad en nuestra ruta Córdoba Subterránea.

Acompáñanos: Desciende al pasado.

Tienes la info sobre la actividad aquí: www.cordobasubterranea.com

viernes, 22 de julio de 2016

El mito del mes: Julio



Con Julio comienza la serie de meses que reciben su nombre de acuerdo a la posición que ocupan en el calendario romano. Este mes era el quinto, por lo que al principio se le nombró como Quintilis. Fue Marco Antonio, un cónsul del siglo I a.C., quien le cambió el nombre en honor de Julio César, que en ese momento poseía el título de dictator perpetuo, puesto que éste había nacido en este mes.

Una de las fiestas que se celebran durante este mes es la Neptunalia, el 23 de julio, en honor de Neptuno, dios de las aguas. En esta fiesta tiene lugar el sacrificio de un cabrito, para que las fuentes mantuviesen el agua durante “la estación atroz de la canícula encendida” (Horacio, Oda 3.13). También en honor de Neptuno se plantaban árboles durante estas fiestas. Por desgracia, poco más nos dicen los autores de esta fiesta.

Es en el calendario griego donde en este mes, el Hecatombeon, se celebraba una de las fiestas más importantes en honor a Atenea: las Panateneas, que conmemoraba la victoria de la diosa sobre los Gigantes que se sublevaron contra el reinado de Zeus, su padre.

Las fiestas comenzaban con una procesión que recorría los lugares más importantes de la ciudad: el Cerámico, el Ágora hasta subir a la Acrópolis por los Propileos y rodearla, de modo que la procesión terminara en lado este del templo, frente al altar de la diosa. Probablemente sean los mismos frisos del Partenón la mejor fuente que en la actualidad haya para ilustrar quiénes participaban (ciudadanos jóvenes y adultos e hijas de ciudadanos, metecos y sus hijos, incluso extranjeros aliados) y qué llevaban en esta procesión (cestas con ofrendas para la diosa y jarras de agua, animales para el sacrificio). El objetivo era revestir a la estatua de la diosa con su nuevo peplo, tejido por las muchachas escogidas de entre las familias más importantes. En el peplo estaban bordadas las luchas de Atenea contra los Gigantes.

           Tras la procesión y el revestimento de la estatua, se procedía al sacrificio de los animales y la repartición de su carne en el Cerámico entre los miembros de los demos en proporción a los miembros que habían enviado a la procesión.

            El espíritu alegre y festivo que habría puede ayudarnos a imaginarlo este fragmento de Baquílides (frag. 4), en ocasión de otra fiesta: 

          "Sobre artísticos altares en honor de los dioses se quemen con rubia llama muslos de bueyes y de ovejas de buena lana, y que los jóvenes se ocupen de los ejercicios atléticos, de las flautas y de los cortejos (….) De amables banquetes se colman las calles, e himnos en honor de niños se alzan como llamas" (Traducción de Fernando García Romero)

Dámaris Romero
Profesora de Filología Clásicade la UCO

miércoles, 13 de julio de 2016

Érase una vez Julio Romero de Torres




Superado el ecuador del 2016, comienza la cuenta atrás para Érase una vez Julio Romero de Torres (“El mes de Julio Romero de Torres”), proyecto que presentásemos el pasado enero en FITUR. Se trata de la evolución lógica de las conmemoraciones que venimos realizando todos los años en torno a la fecha de nacimiento del pintor (9 de noviembre).

Concretamente, seguirá la línea de la que se llamó 140 años de Duende (2014), que tuvo nueve días de duración y cuyo programa se puede ver en nuestra web. De esta forma, durante noviembre de 2016 tendrán lugar cuatro actividades cada semana (conferencias, exposiciones, rutas...) coordinadas e impulsadas por nosotros pero organizadas en gran medida por otras entidades que se han sumado al programa desinteresadamente.


Esos colaboradores son: Patronato Provincial de Turismo de Córdoba, Fundación PRASA, Mercado Victoria, Fundación Cajasur-Palacio de Viana, Asociación de Amigos de los Patios Cordobeses, Facultad de Filosofía y Letras de la UCO, Mercedes Valverde (Directora del Museo Julio Romero de Torres), PTV Córdoba, Hannover Gestión Integral, Urban Sketchers Córdoba y Museo Carmen Thyssen de Málaga.

Por nuestra parte, organizaremos las rutas culturales sobre el pintor. Las habrá tradicionales y una que muestre piezas que no suelen ser vistas por el gran público. Pero además, siguiendo el trabajo divulgativo sobre leyendas que llevamos desarrollando cuatro años, incluiremos la nueva Leyendas de Julio Romero de Torres, que tratará curiosidades y enigmas sobre el mismo.

Cuando el programa esté completamente definido podrá consultarse en www.julioromerodetorres.es. Puedes dejar el correo electrónico en la casilla indicada al respecto y te mantendremos informado :)


Aviso legal: "Érase una vez..." es una marca registrada en los epígrafes referentes a actividades culturales y turísticas y que desarrolla su actividad como Érase una vez Córdoba, Érase una vez Granada, Érase una vez Julio Romero de Torres, etc.


domingo, 3 de julio de 2016

¿Hubo brujas en Córdoba...?


La tradición señala que el barrio de Santiago era el de las brujas en Córdoba. También susurra que fue allí donde se alojaron los templarios, si es que estuvieron en nuestra ciudad. Esas callejas esconden viejos secretos, como la alcantarilla mágica de la que hace siglos emanaba un fabuloso olor, y también rincones abominables como el antiguamente llamado Panderete de las brujas, donde, según se dice, tenían lugar aquelarres y otros acontecimientos malditos.

Por eso, en nuestro deseo de ofrecer actividades novedosas, en verano del 2014 creamos en torno a este barrio la ruta nocturna Brujería y hechicería en Córdoba, cuya próxima edición será el jueves 7 de julio de 2016 (info aquí). Y también por eso, en nuestra intervención mensual del mítico programa radiofónico Otros Mundos de junio de 2015, por la proximidad de la noche de San Juan, hablamos sobre este barrio y sobre uno de los personajes más diabólicos de nuestra historia local...

Puedes escuchar el audio aquí (desde el 122:10).


Y si quieres conocer este tipo de mágicas historias, puedes dejar tu correo electrónico en la casilla de arriba a la derecha y recibirás gratuitamente los nuevos artículos del blog y nuestra agenda de actividades.

Descubre Córdoba con Érase una vez Córdoba
¡Que no te engañen con imitaciones!


martes, 21 de junio de 2016

El mito del mes: junio



Si en el calendario romano una de las etimologías de Mayo se relacionaba con los mayores, Junio es el mes dedicado a los jóvenes (iunior) en honor a la esposa de Hércules, Iuventas o Hebe (imagen). Y la razón la ofrece la misma Iuventas: “Esta tierra me debe también algo en nombre de mi gran esposo; aquí condujo él las vacas que había apresado; aquí tiñó de sangre la tierra aventina Caco, inútilmente protegido por las llamas y las dotes que le dio su padre” (Fastos VI.75-80).

No obstante, la etimología más popular hace derivar el nombre de este mes de la diosa Juno, la Hera latina, que fue hermana y esposa de Júpiter, el Zeus latino. La misma diosa así se lo confiesa a Ovidio: “Pero para que no lo ignores ni te veas arrastrado por el error del vulgo, junio ha tomado el nombre de mi nombre” (Fastos VI.25).

Las últimas etimologías tienen denotaciones políticas. Una hace derivar el nombre del verbo iungere, ‘unir’, pues en este mes se produjo la unión de dos pueblos hasta entonces enemigos, los romanos y los sabinos. La otra, de Lucio Junio Bruto, fundador de la República romana que expulsó al último rey, a Tarquinio II el Soberbio. Así describe Plutarco a este rey:

El pueblo, lleno de odio contra Tarquinio el Soberbio, que no había logrado el poder honradamente, sino de manera impía e ilegal y que no lo ejercía como un rey, sino con insolencia y al estilo de un tirano… (Plutarco, Publícola 1.3; traducción Aurelio Pérez Jiménez).

La fiesta que resaltamos en esta ocasión es la Carnaria, en honor de la ninfa Carna (o Crane), hermana de Febo (Apolo). Siempre rechazaba a sus pretendientes con la misma triquiñuela. Tras ellos declararles su amor, ella les contestaba: “Este sitio tiene demasiada luz y con la luz me da vergüenza; más bien, si me llevas a una cueva apartada, yo te sigo”. Y mientras ellos se dirigían hacía esa cueva, ella, que se quedaba tras ellos, se perdía entre los matorrales sin posibilidad de ser encontrada más tarde. Sin embargo, un día se presentó el dios bifronte Jano como pretendiente y, cuando Carna quiso repetir la jugada, él vio dónde se escondía y la atrapó entre sus brazos. Para recompensar la pérdida de la virginidad de Carna, Jano le regaló el derecho sobre los goznes y una espina blanca con la que repeler de las puertas los agravios. 

En esta fiesta se recuerda la ocasión en la que la ninfa tuvo que usar esa espina blanca. Existían unas aves feroces, conocidas como ‘vampiros’ (striges), que bebían la sangre de los niños. Un día se metieron dentro de la habitación de Proca y lo hicieron su víctima. La nodriza poco o nada podía hacer, por lo que recurrió a Carna, la cual “tocó tres veces consecutivas las jambas de la puerta con hojas de madroño; tres veces con hojas de madroño señal6 el umbral. Salpicó con agua la entrada (el agua también era medicinal) y sostenía las entrañas crudas de una marrana de dos meses”. Ofreció a estas aves las entrañas del animal a cambio de la vida del niño y a continuación colocó una vara tomada de la espina de Jano donde una pequeña ventana iluminaba la habitación. Las aves se alejaron y el niño se recuperó.

 Durante estas fiestas se come tocino grasiento y habas con espelta caliente, pues, de acuerdo a Ovidio: “Ella es una diosa antigua y se alimenta con la comida que acostumbraba antes, y no es golosa como para desear manjares de importación”.

Durante el mes de Esciroforion se celebraban en Atenas unas fiestas que servían de preludio para otras mayores. Las fiestas eran las Arretoforias y en ellas cuatro niñas de entre 7 y 11 años, escogidas por el arconte ‘Basileus’, recreaban la fiesta de las Tesmoforias, pero sin conocer el misterio. Éstas vestían ropas blancas y complementos dorados. Durante cuatro días estas niñas vivían encerradas en el templo de Atenea; uno de los días portaban sobre sus cabezas objetos sagrados que la sacerdotisa de Atenea les daba, objetos que las niñas desconocían qué eran. A continuación descendían por una gruta subterránea, que se encontraba cerca del santuario de Afrodita, portando una antorcha. Tras conseguir un objeto también oculto (estaba envuelto), regresaban a la superficie. 

Probablemente, y de acuerdo a algunos investigadores, para acallar la curiosidad de las niñas por saber qué eran esos objetos sagrados, se creó la historia de las hermanas a las que Atenea les encomendó el cuidado de una cesta pero les prohibió abrirla. Ellas, picadas por la curiosidad, la abrieron y descubrieron la serpiente gigante que protegía a Erictonio, el hijo de Atenea. Estas hermanas, como castigo se volvieron locas y se arrojaron desde la Acrópolis. 

Dámaris Romero
Profesora de Filología Clásica de la UCO

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miércoles, 25 de mayo de 2016

GarabaTEOs (X): Un cordobés en Milán


Yo ya estuve en Milán. Yo ya estuve en San Siro.

Vale, no fue viendo una final de Champions League como la del próximo sábado. Ni siquiera fue viendo un partido. Pero sí que fue meses después de vivir en directo el primer Roma-Real Madrid de la historia (1-2) y semanas antes de hacer lo propio con un Roma-Barça (3-0), ambos de esa misma competición. Aquella edición de Champions, por cierto, la cerraría precisamente Zidane con su archifamosa volea en Glasgow.

Corría, por tanto, el curso 2001-2002. 

Yo estaba "de Erasmus" en Roma y pesaba 15 kg. menos que ahora.

En realidad, ya había pasado por Milán años antes, con el viaje fin de curso de instituto. Pero esta vez fue diferente; seguramente por que en la segunda ocasión iba yo solo, resultando así todo más intenso y especial. Era la época del hambre de mundo, de sentirte una esponja y  siempre querer conocer más lugares, más libros y más personas. Podría decir que era otra vida.

De Milán recuerdo los relieves de las paredes del "hall" de la estación de tren, la blancura artificial del Duomo recién restaurado, la extrema educación de la gente y sus abrigos largos y oscuros (era enero), mi almuerzo en un MC Donalds en la misma mesa que unos desconocidos con los que entablé conversación o el haber contemplado a solas La Última Cena de Leonardo (que, por cierto, encontré por casualidad y que -mayor casualidad- vi gratis porque un día al año no se pagaba... y era justamente ese día).

Pero, sobre todo, recuerdo otro lugar con el que me topé sin pretenderlo: la basílica de San Ambrosio, una de las iglesias más antiguas de la ciudad (s. IV) y cuyo tenebroso toque paleocristiano,  en aquella oscura y fría tarde de invierno, te hacía estremecer.

Y sí, claro, también estuve en el estadio de San Siro/Giuseppe Meazza, que es a lo que íbamos. Un estadio que, como suele ocurrir en Italia, comparten los dos equipos de la ciudad (aunque ahora el Milán planea hacerse otro). También, curiosamente, compartían dentro del mismo un pequeño museo donde había una ínfima muestra de sus respectivos palmarés. Desde el graderío y en comparación con Santiago Bernabéu, Camp Nou u Olímpico de Roma, San Siro es un estadio bastante pequeño. Y que, por su diseño, provoca al asistente la sensación de estar poco menos que una caja de cerillas.

En la visita turística se incluía la entrada a los dos vestuarios, lugares que por entonces aún no se podían ver en los estadios de FC Barcelona ni Real Madrid (de hecho, creo que, a día de hoy, los vestuarios que se muestran en los respectivos tours de estos campos españoles son los visitantes y no los locales).  Y me hice la foto en el lugar donde se sentaba Fernando Redondo, hasta poco antes ídolo merengue, así como en el del mítico Maldini.

También había un lugar reservado para un español milanista: José Mari. Y no era el único que jugaba ese año en Italia, pues Guardiola lo hacía en el Brescia, Mendieta en la Lazio, etc...

Entre eso y la llegada del Euro, los españoles nos sentíamos en Italia como en casa. Como ocurrirá este fin de semana en Milán.

Aunque yo no estaré allí. Porque ya estuve.

En otra vida. 

Teo Fernández Vélez

domingo, 15 de mayo de 2016

¿San Basilio 50 ó 44?


Es conocida en Córdoba la confusión que en los últimos tiempos existe a la hora de nombrar el último patio de la calle San Basilio, propiedad de la Asociación de Amigos de los Patios Cordobeses (institución privada y sin ánimo de lucro).

Ella se debe al hecho de que, durante décadas, el número del mismo fue el 50 (o sea, San Basilio 50); pero, desde hace algo más de un lustro, es el 44. Lo curioso es que al arreglar la fachada apareció, bajo el 50, el número... ¡66! Lo que confirma la cantidad de casas que se han ido perdiendo en dicha calle.

La confusión afecta básicamente a los cordobeses, ya que les "suena" más el antiguo número 50. Pero los foráneos que nos visitan durante el Festival de mayo tienen igualmente otro motivo para la duda, ya que, en el plano de patios, este de San Basiilio 44 aparece, por casualidad, con el número 41...

Teo Fernández Vélez

Puedes ver en este enlace un vídeo de una entrevista realizada en 2014 a Miguel Ángel Roldán,  Presidente de la Asociación, en el que explica, entre otras cosas, el asunto de la numeración.

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lunes, 9 de mayo de 2016

El mito del mes: mayo


La etimología del mes de Mayo para los latinos es diversa. De hecho es posible, según recoge Ovidio, hacer derivar el nombre de tres posibles raíces. La primera vendría de maiestas, y sería la divinidad (Majestad) que se sienta junto a Júpiter, custodia a Júpiter y le proporciona el cetro a este dios. También la segunda opción aparece relacionada en tanto que está al lado de y aporta consejo a otras personas. En este caso, se hace derivar de maiores y les fue dedicado este mes por Rómulo al ser grande el respeto que ellos tenían en la ciudad (el mes siguiente fue consagrado a los jóvenes, iuniores). No obstante, la tercera posibilidad es la más conocida, proveniente de la diosa Maia, madre de Mercurio (o Hermes). Cuando Evandro llegó desterrado a los campos de lo que sería Roma, enseñó a sus gentes, entre otras cosas, los ritos de este dios, el que concedió el honor de llamar al mes con el nombre de su madre.

Durante este mes son varias las fiestas que se celebran. Por su paralelo floral con nuestro mayo cordobés se encuentran las Floralia, que, en realidad, abarcarían dos meses (abril y mayo, en concreto del 28 de abril al 3 de mayo). Dedicada a Flora (“¡Madre de las flores, ven, que has de ser festejada con juegos y regocijos!”), esta diosa sufrió una suerte similar a Perséfone (o Proserpina), ya que fue raptada por Céfiro, quien la convirtió en su esposa. Sin embargo, ella goza “de una primavera eterna” que expande no sólo por los campos silvestres, sino por los de labranza.

Sus fiestas, conocidas por las licencias que en ellas se permiten como por los vestidos de muchos colores en su honor, se instituyeron como propiciación por el honor no dado a esta diosa. Después de un largo tiempo en el que Flora descuidó su deber por el vacío que le hicieron los padres romanos, éstos establecieron una fiesta anual con juegos para apaciguar la vanidad de la diosa y que ésta devolviera la exuberancia, el colorido y la fructificación a la tierra. La razón de que su fiesta sea tan colorida la ofrece la misma diosa al poeta Ovidio:

“Bien porque los campos relucen con flores purpúreas, ha parecido que las luces constituyen un buen ornato para los días a mí dedicados; bien porque ni la flor ni las llamas tienen colores apagados y ambos brillos atraen las miradas; bien porque a nuestros regocijos conviene el libertinaje nocturno” (Ovidio, Fastos V. 362-369)

En lo que a Grecia se refiere, el calendario ático conoce Mayo como el mes Targelion (mitad de mayo-mitad de junio), mes consagrado a Apolo que nació el día 7 del mismo (su hermana Ártemis nació un día antes para ayudar a su madre en el parto del hermano). En él se celebraban las Thargelia o fiestas de los primeros frutos de verano, ya que el thargelos es el pan elaborado con los primeros granos segados y llevados a las casas. 

Las Thargelia eran unas fiestas de purificación de la ciudad que se comenzaban a celebrar el 6 de este mes. Consistían en la expulsión del “phármakos” o víctima humana que cargaba con todas las “manchas” de la ciudad. Había dos víctimas, uno para los hombres y otro para las mujeres. Ambos eran alimentados a expensas de la ciudad. Antes de su expulsión eran azotados por siete veces con ramas de higueras silvestres y se les proveía de queso y un pastel de higos, a la par que a su cuello se les ataba un higo blanco y otro negro. A continuación, eran expulsados de la ciudad y con ellos, cualquier espíritu maligno que pudiera hacer daño a la ciudad, a sus miembros o a sus posesiones. Al día siguiente, tras la purificación de la ciudad, se celebraba la llegada de Apolo Pitio. En el segundo día de la fiesta, el 7 de Thargelion, se comían los thargeloi.

Dámaris Romero
Profesora de Filología Clásica de la UCO

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Info sobre la ruta en nuestra web haciendo click aquí.

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sábado, 23 de abril de 2016

El origen de la fiesta de Las Cruces de mayo


Los meses de abril y mayo incluyen diversas festividades que, como ocurre con tantas otras fechas señaladas del calendario cristiano, tienen origen pagano, en este caso relacionado con el esplendor de la primavera. Quizá el ejemplo más claro sea el de San Isidro Labrador, que se celebra el 15 de mayo, sin coincidir con la fecha de su fallecimiento. Y algo similar ocurre con la Fiesta de la Cruz, evidente fusión de ambos legados.

En origen, sería una de las celebraciones vinculadas a las flores, que incluían cánticos, bailes y, en algunos casos, también ya un eje vertical central, a modo de "totem". Este podía ser un árbol, o sencillamente un palo cuya cima debía ser alcanzada por los jóvenes (costumbre esta última que aún se mantiene en muchas localidades españolas).

Por otro lado, según la tradición cristiana, un 3 de mayo tuvo lugar la "Invención de la Cruz". Esto es, el descubrimiento por parte de Santa Elena, madre del emperador Constantino, de la cruz donde Jesucristo había sido crucificado. Por ello Elena aparece sosteniendo este objeto en uno de los pilares de la basílica de San Pedro del Vaticano (imagen).

Cabe matizar que Constantino no fue, como comunmente se dice, el gobernante que hizo del cristianismo la religión oficial del Imperio Romano. Ese paso lo daría Teodosio décadas después. Pero Constantino sí instauró la libertad de culto, abriendo así la vía para el desarrollo del potencial de esta religión.

Los historiadores suelen optar por considerar que esta apertura se debió a motivos políticos y pragmáticos. La leyenda, sin embargo, habla de que su conversión se debió a la visión de una cruz en el cielo la noche anterior a una gran batalla, y que le habría llevado a la victoria en esta. Pero su especial relación con la Cruz no quedó ahí, sino que, como hemos mencionado, fue continuada por su madre.

Son varias las fuentes antiguas que narran la llegada de Santa Elena a Tierra Santa, si bien este viaje también podría bordear el mito, considerando que para entonces la peregrina debería tener 75-80 años. La cuestión es que todas las versiones coinciden en que allí encontró reliquias, como las de los Reyes Magos o la mencionada Vera Crux, que diferenció de las otras dos cruces (las de los ladrones ajusticiados junto a Jesús) gracias a una curación o resurección milagrosa producida al entrar en contacto con el sagrado leño.

Sea como fuere, sed buenos el próximo puente...

Teo Fernández Vélez 

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martes, 5 de abril de 2016

El mito del mes (IV): abril


Abril, para los romanos “Aprilis”, es el mes dedicado a Venus según lo recoge Ovidio en sus Fastos: “Hemos llegado al cuarto mes, en el que es tu celebración mayor. Sabes, Venus, que el poeta y el mes son tuyos” (IV.15). 

La razón de esto se debe al nombre mismo del mes. Son dos las posibles etimologías y ambas relacionadas con Venus. La primera homenajea a la lengua griega y se refiere al nacimiento de la diosa de la espuma del mar (“aphris” en griego) en la costa de la Magna Grecia (sur de Italia y Sicilia). La segunda, más patria, hace una correlación entre la explosión de vida de la primavera y la capacidad nutricia de Venus, en tanto que da vida a los seres vivos y éstos generan vida al unirse entre ellos (del verbo "aprire", abrir).

Durante los días 12 a 19 de este mes, se celebran en Roma las Cerialia, las fiestas en honor de Ceres, la Deméter latina. En ellas se recordaba el rapto de Proserpina por Plutón (Hades), la búsqueda de la hija por la madre por todo el orbe y finalmente, el reencuentro entre ambas. 

Sin embargo, el desenlace no fue tan feliz, ya que Proserpina había comido tres granos de granada, lo que significaba que no podía salir de la mansión plutónica. Ante ello, Ceres, llena de tristeza, prefiere quedarse en el inframundo al lado de su hija, decisión evitada por Júpiter (Zeus) que pactó con la diosa su dualidad habitacional: seis meses en el cielo, seis meses en el inframundo.

“Entonces, por fin, Ceres cambió la cara y cobró ánimos, y colocó sobre su pelo una mona de espigas. Y en los campos descansados sobrevino una cosecha abundante y la era a duras penas daba cabida a la mies amontonada. A Ceres le va bien el color blanco: poneos ropa blanca en la fiesta de Ceres. Ahora ya no se lleva la lana negra” (Ovidio, “Fastos” IV.615-620, traducción de B. Segura Ramos)


Con ello, se simbolizaba la llegada de la primavera: los áridos y secos campos, a raíz de la tristeza de Ceres por la pérdida de Proserpina, se revisten de abundante cosecha tras el reencuentro entre madre e hija y la solución de Júpiter.

El mes de “Munichion” (mediados de abril-mediados de mayo) en el calendario griego está dedicado a Ártemis. En este mes, las niñas se vestían de osas y actuaban como tales en honor de la diosa.

Parece ser que esta festividad recordaba el aplacamiento de la ira de Ártemis (manifestada la ira en forma de peste) por la muerte de un oso sagrado (el oso es un animal dedicado a Ártemis). Como compensación, la divinidad exigió el sacrificio de una joven. Embaros (o Baros) prometió sacrificar a su hija si, a cambio, la diosa le concedía a su familia el ser oficial del sacerdote de su templo. Puesto que Ártemis aceptó, Embaros "sacrificó" a su hija: vistió a una cabra con las vestimentas de su hija y sacrificó al animal en el altar de la diosa. 

Así, las fiestas muniquias representan un rito de iniciación prenupcial de las muchachas áticas, las cuales, vestidas de oso, “sacrifican” su infancia y juventud (= vida salvaje).

Dámaris Romero
Profesora de Filología Clásica de la UCO

Si quieres conocer los mitos y leyendas de tu ciudad, no te pierdas este fin de semana nuestra ruta nocturna Leyendas de Córdoba. Y, para descubrir nuestro legado romano oculto, el sábado puedes disfrutar de Córdoba Subterránea.
¡Descubre Córdoba con Érase una vez Córdoba!



lunes, 21 de marzo de 2016

GarabaTEOs (IX): El reloj de amor




(Escrito con el que participé en el 2015 en el
Concurso de relato breve del Museo Arqueológico de Córdoba)



Era el cortejo de los museos. La danza del amor en las galerías de arte.


Nos mirábamos de soslayo o fingiendo casualidad, y nos deteníamos ante la misma obra, simulando observarla, cuando en realidad estábamos pendientes el uno del otro.


La situación se prolongaba, en ocasiones absurdamente, hasta que uno de los dos consideraba que ya había esperado bastante y se alejaba. Entonces, andurreábamos por separado por la sala, aparentando prestar atención a otras piezas, pero siempre pendientes de ante cuál reencontrarnos para contemplarla también juntos.

Una vez, al cruzarnos, incluso me dedicó una leve sonrisa...


Pero el gran momento tuvo lugar ante la estatua de Afrodita: nos pusimos tan cerca que nuestras manos, que colgaban junto a nuestras respectivas caderas, se rozaron por las caras externas. Fue como un mensaje de la diosa del amor. Si ya había tenido varias oportunidades para entablar conversación, aquella fue la ideal: pero, una vez más, me paralizó la timidez.


Al final, tras un largo rato de flirteo mudo por el museo, ella se marchó. Mientras su silueta se alejaba, pude percibir en ella una postura de cierta decepción, sin duda causada por mi falta de iniciativa para haberla abordado.


Esa noche no pegué ojo. Me la pasé maldiciendo aquella indecisión y me prometí que volvería allí, a buscarla, rezando para que fuese de Córdoba y tornase; y, si estaba de paso en nuestra ciudad, para que por algún error de los dioses, del Universo o de lo que sea que nos rija, reapareciese en el mismo lugar. ¿Acaso no había ya conspirado esa Fuerza para que coincidiéramos la primera vez?


Y, a fin de cuentas, era lo único que podía hacer: Esperarla.


Así, cada día, a la misma hora, yo regresaba a nuestro fugaz nido de amor. Repetía la misma luz del crepúsculo ante la que habíamos coqueteado en silencio y veía desplazarse las mismas sombras según iba cayendo el sol, como si fuesen las particulares agujas del reloj del edificio. Todo ello ante la inexcrutable mirada de Afrodita.


Empecé a saberme el museo a pies juntillas. Memoricé, sin pretenderlo, las cartelas de las piezas de mi alrededor. Llegué a reconocer el sonido de los pasos de cada vigilante, las edades de los colegios en función del griterío que se escuchaba a su llegada y los distintos olores (en algunos casos no muy agradables) de los turistas de cada país.


Pero ella no volvía. Así que, por si acaso, empecé a pasar cada vez más tiempo allí, hasta consumar la jornada completa. Era lo único que podía hacer: Esperarla.


Los trabajadores de la institución se habituaron a mi presencia. Llegó un momento en el que no me saludaban, pues me confundían con una pieza más de la colección. Por lo cual también dejaron de obligarme a marchar al cerrar el edificio. Y comencé a pasar las noches en el mismo.


Todo por ella. Siempre aguardando junto a la Afrodita que había unido, aunque fuese tan fugaz como levemente, nuestras manos. La Afrodita que, por algún tipo de milagro pagano, la traería de vuelta algún día. Por eso yo no debía alejarme de allí...


Los visitantes me veían tan integrado en el entorno que empezaron a creer que yo era una estatua y buscaban a mi alrededor una cartela descriptiva. Los museólogos, a cuyos oídos había llegado mi historia, decidieron colocarme una: Hombre esperando por amor. Finales del siglo XX. Procedencia desconocida. El nombre era más típico de un museo de arte contemporáneo, pero resultaba tan adecuado que, como buena estatua, no rechisté.


Incluso las limpiadoras me quitaban el polvo. Y no voy a negar que me venía bien, tras tanto tiempo sin moverme del lugar. La cosa me gustó menos cuando un restaurador planteó hacerme algún arreglo... Afortunadamente, la reforma quedó en corte de pelo, afeitado y manicura, todos ellos celebrados por mi parte, pensando siempre en el ansiado reencuentro. Porque yo seguía esperándola.


Empecé a calcificarme y a sentirme cada vez más indentificado con las esculturas. ¡Quizá el origen de todas ellas había sido el mismo! Quizá ellas algún día también esperaron a un amado. Por eso le propuse a Afrodita un trato para que trajese de vuelta a la mía. Le prometí llenar también su vacío buscándole un buen Ares. Un Ares que estuviese vivo y coleando. Pero el proyecto no le convenció.


Así que allí seguí...


Hasta que al final, debido a mi tan romántica como perenne inmovilidad, me convertí en estatua. En una aguja más del reloj; en este caso, con un mecanismo impulsado por el amor. Y mi historia pasó a ser otra sombra de los atardeceres del museo.


Con una nueva cartela que rezaba un nuevo nombre: Amor eterno convertido en piedra.


Teo Fernández Vélez
(Todos registrado y protegido por la Ley de Propiedad Intelectual)
 

miércoles, 9 de marzo de 2016

El mito del mes (III): Marzo



En un principio Marzo, o el mes de Marte, era el primero del año del calendario romano hasta la reorganización del mismo por Julio César, quien le añadió sesenta días y una quinta parte del día, según Ovidio. A este dios se le consagró, por una parte, este mes por ser el padre del fundador de la ciudad y de su hermano, es decir, de Rómulo y Remo respectivamente. Por otra, porque así esta divinidad presidía las armas que ”proporcionaban abastecimiento y gloria a un pueblo feroz” (Ovidio, Fastos 3.86)

Una de las celebraciones que tenían lugar en este mes eran las dedicadas a Anna Perenna durante los Idus (Los Idus de Marzo son, sin lugar a dudas, más conocidos por el asesinato de César). Esta festividad se celebraba en las orillas del río Tiber, lugar en el que los romanos se recostaban y bebían deseándose tantos años como copas bebían. También cantaban canciones obscenas de amor y de alegría.

Que se celebre cerca de un río y que se canten ese tipo de canciones tiene su razón de ser en Ana, la hermana de la reina Dido. Tras el suicidio de ésta, su hermana Ana huyó por diversos lugares sufriendo avatares varios hasta que llegó al Lacio, donde fue encontrada por Eneas, quien le dio hospedaje en su casa. Ante las atenciones que le brindaba, su esposa, Lavinia, tuvo celos de ella y quiso matarla; sin embargo, Ana, avisada por el espíritu de su hermana, huyó. Numicio, una divinidad acuosa, la ocultó en su lago. Las huellas seguidas por quienes la buscaban se perdían en el río, pero ella les cantó para su tranquilidad y regocijo:

“Soy la ninfa del apacible Numicio;
oculta perennemente en el río me llamo Anna Perenna”

Convertida en divinidad, Marte le confesó su amor por Minerva y Anna, juguetona, le concertó una cita con la diosa. Cuando Marte se disponía a besar a Minerva, descubrió que era Anna con el rostro cubierto, de modo que el dios se enfadó por verse burlado. Sin embargo, a los demás les resultó gracioso y por ello cantan este tipo de chanzas.


Probablemente para los griegos el mes Elafebolion (mitad marzo-mitad abril) sea uno de los más importantes, no sólo se abrían los puertos que habían estado cerrados durante todo el invierno, sino también por la celebración que tenía lugar a principios de su mes. Ambos acontecimientos, la apertura de los puertos y la celebración, suponían una revolución para Atenas y una demostración de su poder. Pero ¿qué fiesta se celebraba que originara tanto revuelo? Las Grandes Dionisias.

Las Grandes Dionisias eran una celebración en honor a Dioniso como “observador” de lo que ocurría dentro de la escena (la palabra griega para ‘teatro’ proviene de una raíz que significa ‘ver, observar’).  y en ellas durante cinco días se desarrollaban competiciones teatrales, entendiendo que el teatro abarcaba competiciones líricas, de comedia y de tragedia. Este era el orden en el que los géneros competían. La tragedia ocupaba los tres últimos días, ya que tres eran los autores que representaban sus tetralogías (tres tragedia y un drama satírico). Las fiestas comenzaban con una procesión hacia el templo de Dioniso Eleutheros, en Eleusis. Finalizaban las Dionisias con la proclamación de los ganadores a ‘Mejor actor trágico’, ‘Mejor poeta trágico’ y ‘Mejor corego’ (director de coro).

 Las Grandes Dionisias eran importantes por dos razones. En primer lugar, Atenas recibía a los extranjeros que venían tras abrirse los puertos, lo que le permitía mostrar su poderío; en segundo lugar, el teatro ponía en escena a través de los mitos y sus protagonistas los problemas políticos del momento.

Dámaris Romero
Profesora de Filología Clásica de la UCO
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